Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

martes, 27 de junio de 2017

Dignidad



La patera estaba repleta de personas. No cabía ni un alfiler. El frío provocaba el castañeteo de dientes al unísono; la sed y el hambre los mantenía adormecidos, moribundos, resignados, sin esperanza. Varios se habían aferrado a la vida hasta el último instante en un vano intento por alcanzar la tierra prometida. Sus cuerpos inertes fueron lanzados por la borda; no quedaba más remedio que deshacerse de los cadáveres. Los ojos de Makhir estaban habituados a contemplar a la muerte de cerca, pero no pudo contener los gritos cuando tiraron al mar a sus amigos. Le amenazaron. Harían lo mismo con él si no cesaba de lamentarse, y el joven silenció su angustia mordiéndose la lengua hasta  que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. El deseo de vivir se imponía al dolor. Se concentró en la mirada del niño atado, mediante una tela estampada, al pecho de una mujer demacrada. Sus ojos brillantes, como dos pequeñas estrellas, transmitían inocencia y terror. Se reconoció como si se mirara en un espejo dañado.
La infancia de Makhir había sido un infierno de guerras ajenas, abusos y mutilaciones, de hambre perpetua, dolor y miedo. Y ese mismo miedo a morir, como un perro sin nombre, sin hogar, sin patria, le había instigado a huir. 
Estaba a punto de cambiar la pesadilla por un soplo de esperanza. Durante años ahorró hasta la más mísera moneda que pudo conseguir para pagar un pasaje en el barco de la muerte. Temblaba y rezaba... En pocas horas llegaría al destino deseado. 
No advirtió el momento en el que la mujer dejó de respirar; el niño lloraba con tanta fuerza que los bárbaros dictadores de las reglas dentro del ataúd flotante, decidieron arrojarlo a las gélidas aguas del océano junto a la madre muerta, argumentando que no sobreviviría sin ella. Makhir no pudo permitir que apagasen la luz de los ojos negros y asustados, no podía mirar hacia otro lado. Sin pensarlo, se zambulló tras él. No sabía nadar; la vida solo le había enseñado a patear, y pateó en el agua con fuerza tratando de no tragar demasiada. Consiguió alcanzar al pequeño y lo abrazó con fuerza, manteniendo a duras penas las cabezas de ambos en la superficie. Si debían morir, lo harían asidos de  la mano, pero no le abandonaría como habían hecho años atrás con él. 
Las sirenas rasgaron el silencio y las luces iluminaron la oscuridad. La patrulla de salvamento actuó con celeridad para salvarlos. Quizás fue casualidad o un golpe de buena suerte que no muriera aquella noche; quizás estaba destinado a recuperar su dignidad y, por unos instantes, Makhir volvió a sentirse como un ser humano, y deseó capturar ese momento para siempre.



2 comentarios:

  1. Un relato estremecedor, tanto como lo es la realidad que día a día sufren todos aquellos seres humanos que arriesgan su vida con el único fin de alcanzar un futuro mejor. Es atroz ver el lamento en los ojos cansados y temerosos de los que sobreviven a tan trágica travesía. El ser humano es cruel por naturaleza...y sólo espero que algún día cambiemos y esto no tenga que ocurrir jamás.
    Me encantó leerte. Un saludo.

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    1. Gracias Jorge, yo también espero que algún día podamos dormir sin remordimientos. Un abrazo.

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