Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

viernes, 30 de junio de 2017

Carbón, Nenuco y Cantimpalos



Efe arrugó y desplegó varias veces el contrato; el rictus ladeado de su boca reflejaba que ya había traspasado el umbral del miedo y, poseído por la ansiedad, agitaba en el aire aquella paloma vieja que me hacía cosquillas en la nariz.
—¡Me van a comer vivo, nena! —exclamó a la vez que se limpiaba las lágrimas de un manotazo furioso. 
—Cielo, no son ogros, son mineros... —traté de calmarle—. Sabía que se enfrentaba a un mundo adverso, pero no consideré necesario intensificar sus temores.
Su padre había perdido la vida en el pozo y, por ley, le correspondía un puesto de trabajo en la mina. No tenía alternativa: no podía rechazarlo. En el pliego arrugado se detallaban las condiciones y la fecha de incorporación a la empresa. Lo que debió ser un motivo de alegría y alivio, se convirtió en una pesadilla durante los días previos a su primera incursión en las entrañas de la tierra. No dormía, sudaba profusamente y apenas comía. Se miraba al espejo y, descorazonado, lamentaba: 
—Tengo tanta pluma que parezco un abanico... ¡jamás me aceptarán! ¿Tú sabes de qué modo profieren los insultos? Con la boca rebosante de mecagoendioses... 
Me permito exhibir una sonrisa al recordarle tratando de caminar como un machote e impostando la voz, pero la colorida fiambrera en la que transportaría sus raviolis le delataba más que cualquier otro gesto. Advirtió el error de inmediato y se preparó un enorme bocadillo de chorizo que guardó en el fondo de una bolsa de diseño. Ambos sabíamos que jamás se comería aquella inmensa cantidad de embutido. Así, envuelto en aromas de Nenuco y Cantimpalos se marchó, tembloroso y abrumado, dispuesto a enfrentarse a lo desconocido. 
Durante los meses que siguieron lloró con amargura; yo imaginaba que se mofaban de él, que le imitaban y susurraban palabras soeces a su oído, en una larga lista de humillaciones sin fin, pero Efe parecía caminar portando una dura coraza como el carbón bruñido contra la que rebotaban las palabras, y no se daba por vencido. Un día le pregunté por qué no abandonaba el infierno, y me contestó que aquellos hombres, hoscos y serios, le habían ayudado desde el primer instante. 
—¿A qué te han ayudado, Efe? No me mientas, por favor...
—Fui un tonto al dejarme llevar por los prejuicios. Me han acogido mostrándome respeto y me consideran un compañero más; sí, lloro... pero de orgullo, nena, de orgullo... 
Cada día Efe baja a la mina, con su pluma y su lámpara, y porta una fiambrera de estridentes tonos repleta de placenteras delicatessen que comparte con sus compañeros, y me siento tan orgullosa de él que tenía que contarlo.

2 comentarios:

  1. Me llegó la historia, pobrecillo que mal lo pasaria
    Te sigo si no te importa
    un abrazo

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